Ushuaia, fin del mundo, principio de todo.

Día 93 de la vuelta al mundo. Ushuaia, 30 de septiembre de 2017.

Si Puerto Madryn y su famosa vecina península Valdés son sitios a los que no tengo necesidad de volver, con Ushuaia me sucede todo lo contrario. Tal vez si no hubiera tenido una avión con destino a El Calafate, donde me quedaría maravillada al ver un trozo enorme de hielo, todavía estaría en el fin del mundo. Nunca lo sabré.

Viajar es sinónimo de decisiones constantes, muchas más que en nuestra vida diaria. Qué conocer, qué leer, qué comer, dónde ir, dónde dormir… Y como en la vida misma el efecto de todas ellas te llevan a más o menos descubrimientos. Más o menos aventuras. Seguramente el hecho de no escuchar las 8 alarmas de mi móvil y despertarme a menos de dos horas del vuelo fuera una señal.

Lamentablemente corrí como una loca al velero amarrado al canal Beagle que se había convertido en mi hogar durante esos 5 días, recogí todas mis cosas con la certeza de que me olvidaba media maleta y llegué a tiempo para mirar con nostalgia desde mi asiento del avión a una Ushuaia en miniatura y el conocido Estrecho de Magallanes, principal paso natural entre los océanos Pacífico y Atlántico.

Cada vez estoy más convencida de que las ciudades te enamoran no tanto por lo que son físicamente, sino por lo que vives en ellas. Y aquí me sentí una pueblerina más, una fueguina más. Así se les denomina a los habitantes de esta provincia llamada Tierra del fuego. ¿Y por qué? Malditos porqués que salen de mi boca antes de tener uso de razón. Resulta que Colón cuando llegó a América pensó que se encontraba en la India y murió sin saber que era un nuevo continente. Sin embargo, Américo Vespusio demostro que era un continente nuevo (he aquí el nombre de América).

Pero fue Hernando de Magallanes siglos más tarde, quien bautizó a esta isla como Tierra de los Fuegos o de los Humos por las fumarolas que destacaban en sus riveras para escapar del frío y que eran encendidas por los selknam (onas), los indígenas de ese lugar, exterminados, en mayor parte por los españoles, chilenos, argentinos y británicos, conocidos como los protagonistas de todas esas muertes, como los genocidas.

Transportaros doscientos años atrás, personas desnudas, bañadas en grasa de ballena y lobo marino para protegerse del frío pescaban en la mar con sus barcazas con fuego para entrar el calor. Eran felices sobreviviendo a pesar de la dureza que sería equiparable a la nuestra de «vivir sin móvil». Pero a los colonizadores no les importaron realizar masacres, envenenamientos o matanzas. Su interés por crear grandes compañías ganaderas cruzaron todos los límites y esas reminiscencias se puede observar caminando por las calles de Ushuaia en forma de homenajes o hablando con su población de poco más de 70.000 habitantes.

La ciudad más austral del mundo cuyo despegue y aterrizaje es un regalo para los ojos, compite con Puerto Williams, urbe chilena y no considerada ciudad por sus pocos habitantes. Quizá algún día el fin del mundo deje de serlo para entregarle la credencial a Chile, aunque el orgullo argentino no sé si lo permitirá aceptar. Quizá no esté viva para comprobarlo.

No hice excursiones turísticas, ni visité a los pingüinos de la zona, tampoco conocí el faro del fin del mundo ni viajé en el tren del fin del mundo. Pero viví una Ushuaia real y pura en manos de una bicicleta, pasé el frío que sienten los que allí se atreven a jugar a rugby y pudo ponerles cara y ojos a todas las discotecas de esa ciudad. Sin olvidarme de una fiesta en un barco con «el Messi de los mares» cuyos detalles quedarán en mi memoria no escrita.

Puedo afirmar lo que escribió hace siglos Antonio Pigafetta, cronista y explorador de la expedición de Magallanes que describió así este gran lugar “no creo que haya en el mundo estrecho mejor ni más hermoso que este”.

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