Proyectos solidarios

Esta vuelta al mundo tiene su razón de ser en mi participación en todos los proyectos solidarios que se crucen en mi camino. Hasta la fecha, la vida que he tenido me ha impedido participar durante un largo periodo de tiempo en causas humanitarias, aunque alguna tengo en mi curriculum.

 

En ABRIL del año 2010, colaboré con la ONG Juves Solidaria (Argentina).
2009_OCTUBRE WORKCAMP AMMERLAND como voluntaria para plantar árboles. Edewecht una pequeña ciudad cerca de Hamburgo.

Abril 2017

Escribo las primeras palabras de estas pequeñas vacaciones de Semana Santa desde una fábrica abandonada a 50 km. de Atenas, en un pueblo llamado Oinofyta. Donde antes había maquinaria ahora hay más de 500 personas entre afganos e iraníes, un campo de refugiados que muestra en su puerta un cartel que pone “IS FULL”, lo que te hace pensar que es un privilegio que, al menos, alguien tenga un lugar donde pasar la noche, pero… llevan aquí un año y un mes.

Una fábrica abandonada a 50 km. de Atenas, en un pueblo llamado Oinofyta.

Tiendas de campaña con hombres solteros, padres de familia deseosos de obtener la reunificación familiar para abrazar a sus hijos o su mujer (la mayoría están en Alemania), familias de cuatro o seis miembros viviendo en 3 metros cuadrados, niños jugando a todas horas, olor a comida, a sudor, muchas sonrisas y gente deseosa de pasar un rato contigo es con lo que aquí convivimos cada día.

Un lugar duro y maravilloso a la vez, donde se eleva a la enésima potencia el egoísmo de los políticos, los valores de los gobiernos, y deja de tener sentido esas dos palabras tan básicas como son los derechos humanos. No paro de preguntarme cómo el mundo entero puede dormir tranquilo sabiendo que en cada minuto, unas veinticuatro personas son forzadas a desplazarse. No entiendo nada.

Hace ya una semana que junto con mi amiga del instituto Lara Hr volamos rumbo a Grecia con escala en la ciudad de Estambul donde disfrutamos durante una escasa hora de su acogedora gente y sus decenas de rascacielos, la mayoría con nombre de hotel. Tras casi 15 horas de viaje llegamos a Atenas y viajamos al pasado a través de sus milenarios edificios. Esta vez no estamos juntas para hacer travesuras, aunque reconozco que aquí hacemos algunas también.

junto con mi amiga del instituto Lara Hr volamos rumbo a Grecia

Nuestros días transcurren doblando ropa de las donaciones, jugando con los niños, hablando con hombres a los que le asignamos un nombre español. Repartimos comida, ropa y productos de higiene, limpiamos tiendas de campaña, habitaciones y bailamos con lo que nuestro ritmo nos permite música afgana con las mujeres del campo. Intentamos aprender farsi pero al final con una sonrisa y un par de gestos nos entendemos a la perfección con ellos.

Con una sonrisa y un par de gestos nos entendemos a la perfección.

Son tantas cosas las que siento que no sé lo que siento. Muchas historias que necesito asimilar y que soy incapaz de escribir ahora porque mi ordenador se llenaría de lágrimas que prefiero no derrochar para irme a jugar a rugby con ellos o mejor dicho “el melón” como lo denominan.

2017_Abril- Atenas, con mi amiga Lara

El domingo fue nuestro día libre y no fuimos al campo. Aunque nos hubiera encantado ir, el hecho de tomar distancia durante unas horas fue necesario para mi mente, agotada por momentos, para hacer catarsis e intentar comprender lo que estaba viviendo.

Jugando con los niños hacer burbujas gigantes

Las horas vuelan entre el suelo de arena, los barracones en forma de colegio, consulta médica, oficina, biblioteca o sala informática donde me encuentro en este preciso momento. Mis oídos no paran de escuchar el tono de una llamada que no será respondida. Se trata del Servicio de Asilo de Grecia que lleva más de dos meses sin contestar, sin dar respuestas a todas las personas que acuden a diario a este barracón para ver cómo se encuentra su solicitud de asilo. Vienen en búsqueda de esperanza.

Bailando con las mujeres del Campamento

Llevamos 7 días aquí, a cual más diferente y que han significado todo un proceso psicológico. Empiezas el primer día con la novedad, la curiosidad, la comprensión, luego pasas por la sorpresa, la indignación, las infinitas preguntas. El tercer día ya sientes dolor, tristeza, rabia e impotencia. El cuarto te ha pasado una apisonadora por encima y sólo piensas ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? El quinto ya empiezas a construir una coraza para no sentir dolor y a partir del sexto te das cuenta que no hay otro camino que mirar hacia el futuro, y entender que si la nueva vida no es igual a la que tenían, mañana será un día mejor que el anterior. Al menos, nuestra alegría, risas y sonrisas siempre están presentes.

Sigo buscando respuestas a mis tantas preguntas, pero al final lo que yo piense o sienta carece de importancia, porque aquí las víctimas de haber nacido donde han nacido son ellos que están en un recinto esperando unos papeles que les permitan trabajar o tener una vida mejor. El mundo es muy grande como para acoger a todo el mundo. ¿O me equivoco? No es un asunto de minorías, 1 de cada 122 habitantes del mundo ha afrontado esta situación.

En la tienda de Rafa, nos preparó un suculento banquete.

Hablamos de refugiados como si fuera un concepto lejano, pero quién sabe que nosotros no debamos serlo algún día. Son personas como nosotros, con una historia, con una vida detrás de estas crueles imágenes. Por ejemplo, a un señor que bautizamos como Rafa, tiene a su familia en Alemania. Vive en una tienda con Andrés y otro hombre que es casi sordo. Hace tres días que lleva la misma camisa y nos saluda siempre con una sonrisa de oreja a oreja. Lo conocimos porque nos invitó a tomar té en su tienda y no dudamos en entrar. Nos sentimos como en casa. Luego nos invitó a cenar, ¡un banquete para nosotras dos! Y se quemó todos los dedos cocinando, y seguía sonriendo. A uno de sus hijos lo mataron los talibanes, y lo cuenta como si fuera algo normal. Sus días pasan deseando únicamente poder abrazar a su mujer y sus tres hijos de 8, 13 y 24 años. ¿Cuándo les llegará la reunificación familiar?

Mario no ha conocido a su hijo porque cuando se separó de su mujer estaba embarazada. La hija que ha visto a través de la pantalla de su móvil ya tiene 4 meses. Otro chico de mi edad está esperando una llamada para poder viajar a Austria en busca de su prometida con la incertidumbre de que pueda ser deportado.

Carlos de 28, es el más guapo del campo aunque parece que tenga 10 años más. Pagó 6.000 para salir de Afganistán con su mujer, su hermano de 10 años y su hija pequeña entre sus brazos. Caminaron durante dos meses y se alimentaron a base de pan y agua. Salieron de Afganistán en coche, cruzaron a pie las montañas de Irán hasta llegar a Turquía y finalmente viajaron en un bote pequeño de plástico hasta llegar a Lesbos.

Hay decenas así… en las que me imagino caminando con mi familia de la mano durante días y días, en las que siento haber perdido mis pertenencias, mis sueños, y me veo en un lugar donde me siento extraña y dolida de dejar mi vida y tener que huir.

Algún día le explicaré estas historias a mi nuevo sobrino Kilian. Nació el sábado y le explicaré que no pude ir a verle al hospital porque miles de personas creen haber perdido el sentido a su vida por culpa de un mundo incapaz de ponerse en el lugar del otro, porque una reciente sentencia del Tribunal de la Unión Europea declara que “los países no están obligados a expedir un visado humanitario”, porque los gobiernos les obligan a tener que cruzar todos los límites de su integridad y los países en paz se creen que tienen el derecho de enviar a otra parte a un ser humano que está huyendo de la guerra.

Y le diré que ha tenido mucha suerte de haber nacido en España. No como Marcos, Juan, Pedro, Miguel o Álex, que nacieron en Afganistán, Irán, Pakistán o Siria.