Mis viajes en Polonia

Varsovia-Cracovia (Agosto 2015)

¿Por qué se llama polacos a los catalanes? Esa es la primera pregunta que me hice al llegar a este país y de la cual no he encontrado una teoría definitiva. Las hay de las más variopintas pero todas tienen en común que es un término despectivo. Ahora entiendo la procedencia de los programas de TV3 “Polònia” y “Crackòvia”.

No sé si su origen se remonta a la Guerra Civil en el frente de Aragón en la zona donde se retiraron las brigadas internacionales, o en los cuarteles españoles donde los otros reclutados no los entendían (el otro día me dijeron que el polaco es el idioma más difícil del mundo). Un historiador indica que la identificación de España con Polonia se difundió durante el Sexenio Democrático (1868-1874), cuando el país temió convertirse en la “Polonia del mediodía”. Lo que sí sé es que cuesta entrarle a un polaco, parecen tímidos y cerrados al principio, pero una vez se fían de ti son encantadores, aunque muchos parecen unos bordes hay que darles tiempo. Es posible robarles una sonrisa.

Tienen una historia desgarradora, llena de dolor, de invasiones, de injusticias…  No es casualidad que la palabra ESLAVO, venga de la palabra ESCLAVO. A Varsovia le marca la vida dos hechos muy importantes los levantamientos del año 1943 y 1944. Y eso lo descubrí al llegar a Varsovia tras casi seis horas en el vagón restaurante. Les tengo un especial cariño a esos vagones, creo que porque me mantienen despierta y me permiten disfrutar del paisaje y no caer en mi fácil sueño profundo. Y ya de paso aprovecho para probar la especialidad de cada país ;). Tengo la sensación de que podría distinguir el país que estoy según el paisaje que hay detrás de las ventanas. Suiza de película, Alemania verde infinita, Polonia más seca y árida.

La capital polaca no me pareció nada del otro mundo. Tiene el mismo número de habitantes que hace 50 años y te recibe con un imponente e inmenso edificio en la estación de trenes. Un regalo de Lenin al que puedes subir hasta las planta número 30 y desde donde se pude contemplar toda la ciudad.

Empeñada en llegar a pie a los lugares, caminé más de una hora hasta llegar a mi cama por esa noche en un hostel precioso en el corazón de la ciudad, donde abandoné a mi pesada mochila, a Reina y Gilberto y me fui a pasear de noche por el barrio antiguo y el Castillo Real precedido por la Columna de Segismundo, el cual fue bombardeado por las tropas nazis como la mayor parte de la ciudad, la cual asombrablemente está toda reconstruída.  Varsovia cuenta en su curriculum con la casa de la ilustre química y física Marie Curie (primer mujer que obtuvo el Premio Nobel de Física en 1903) y el célebre pianista Frédéric Chopin, donde pude visitar la Iglesia de la Santa Cruz que muestra con orgullo los restos de su corazón enterrado allí.

Al día siguiente salí a hacer mi habitual running-tour, el cual he hecho en todas las ciudades que he visitado, sin excepción. Consiste en correr por las ciudades a la vez que me paro a contemplarlas y luego repaso a pie los lugares que me faltan tras una merecida ducha. El poder apreciar la dimensión de una ciudad y conocer rincones escondidos a la vez que hago ejercicio gana a la pereza que siento a veces al ponerme las zapatillas.

Otra de las cosas que suele ser un ritual de mi viaje son los FREE WALKING TOUR, donde un guía local te explica todos los secretos de la ciudad. Duran una media de 2-3 horas y son increíbles porque recibes una cantidad de información mientras caminas que te ayuda a entender el porqué de todo lo que te rodea, además de recibir buenísimos consejos de qué visitar, cómo moverse en la ciudad y qué especialidad culinaria debemos probar.

En el que free tour de Varsovia conocí a un psicólogo de Terrassa que me psicoanalizó gratuitamente durante una comida en la que probamos los típicos Pierogi polacos (empanadillas al vapor rellenas de repollo, queso, carne…) y me recomendó/recetó una lectura llamada “Manual de vida” de Epicteto. Me encantó conocerle y la conversación que tuvimos. Lástima que tuve que cortarla y decirle adiós porque ya había investigado toda la ciudad y reservado un tren que me llevaría a Cracovia con mi objetivo de llegar a Auschwitz.

Conocí en el tren de la capital al sur de Polonia a dos catalanes de Vic con los cuales no paré de hablar hasta que me despedí de ellos en mi nueva camita de esa ciudad. Al llegar a Cracovia me di cuenta que era una ciudad preciosa que merecía ser visitada durante días y ahí me quedé. Cometí el delito de abrir mi correo electrónico del trabajo que me ocupó unas cuantas horas en un hostel ambientado de película donde dormí en la habitación Casablanca y fui cambiada a raíz de la existencia de un insecto en otra llamada El Padrino.

Cracovia es una ciudad muy pequeña en cuando a la zona turística se refiere pero esconde historias increíbles entre su casco antiguo y el barrio judío. Demasiado enfoque turístico para mi gusto, pues al caminar por las calles no paras de recibir folletos ofreciéndote excursiones, espectáculos o locales donde cambiar euros.

Mi lugar preferido de esa ciudad fue la Fábrica de Schindler donde viajé a la II Guerra Mundial y conocí de primera mano las atrocidades de los nazis, cuyo signo nos dijeron que significa “Larga vida. Buena suerte”. No me lo puedo creer.

Un lugar escalofriante al cual llegué con alegría y me fui con tristeza donde caminé por guetos, entré a habitaciones de 4 metros cuadrados y habitaban  judíos, y donde tuve el placer de conocer en profundidad a Oscar Schindler, y lamento decir que sí era “encantador” pero no tan maravilloso como lo pintan en la película que habla de él “La Lista de Schindler”.

Muchos secretos de la mano de un guía polaco que me guardo para contároslo personalmente algún día… Solo decir que hubo personas que confundían la palabra Schindler, con Hitler.

Después de un par de días en Cracovia, había llegado el turno de llegar a la ciudad polaca llamada Oeswicim (Auschwitz en alemán).

Auschwitz (Agosto 2015)

“ARBEIT MACHT FREI” – “El trabajo os hará libres”. Esa irónica e intencionalmente ambigua frase es lo primero que puedes apreciar al entrar por la puerta de Auschwitz-Birkenau, el mayor cementerio del mundo.

Visitar un campo de concentración no es nada fácil para un corazón. Nunca había sentido tener la piel de gallina desde los pies hasta la cabeza, pero al caminar tras la Puerta de la Muerte sentí por primera vez lo que era estar en un infierno.

Con 17 años trabajé como secretaría con un profesor universitario llamado Mariano Castellblanque que colabora frecuentemente  en una página llena de artículos geniales: Piensa, es gratis. Él estuvo allí hará unos seis años y recuerdo que vino bastante shockeado. Yo no entendía nada. Hace relativamente poco escribió un artículo que me gustó mucho y que ahora he rescatado. Me permito el lujo de reproducir un párrafo de él que comparto en su totalidad y que se titula: Auschwitz, yo estuve allí.

“Fue uno de esos viajes íntimos que te cambian la vida porque de alguna manera no es “turismo” es mucho más, es un viaje al interior de uno mismo y de lo peor y lo mejor de la humanidad. Es un viaje que te agita el cerebro, te retuerce el alma y te hace valorar lo que tienes, por poco que sea. Yo de por sí, ya soy optimista, tras visitar Auschwitz cualquier problema me parece casi una nimiedad”. http://www.piensaesgratis.com/auschwitz-yo-estuve-alli/

Así fue. Recorrí durante tres horas y media el símbolo del Holocausto con una guía polaca en versión española y a día de hoy no puedo dejar de pensar en ese maldito lugar, emplazado prácticamente en el corazón de Europa donde te mataban por escuchar la radio o por hacer dibujos.

Silencio, caras serias y algún español sin cuidar el tono de voz, eso es lo que se oye. Ni una sonrisa, caras de incredulidad, bastantes lágrimas, eso es lo que se ve. Los selfies están prohibidos, pero dudo que alguien sea capaz de hacerse uno en ese lugar.

Es complicado resumir y describir todo lo que te puedes llegar a imaginar al caminar por los bloques y barracones para prisioneros, letrinas, edificios de la administración, el paredón de la muerte donde fusilaron a miles de personas, torres de vigilancia, kilómetros de vallado, la plataforma de descarga, la cámara de gas, los crematorios… Hubo muchos formas de matar, gaseados, fusilados, suicidados, quemados, víctimas de experimentos médicos, agotamiento por los duros trabajos, entre otras. Había tiros en la nunca para todo aquel que no era alemán.

No quiero ser desagradable pero el procedimiento, según la historia que a mí me han explicado, era el siguiente: los judíos, polacos, prisiones de guerra, gitanos, homosexuales llegaban en trenes que paraban en la plataforma de descarga de Auschwitz-Birkenau, después de muchos días de viaje y con excrementos hasta los tobillos. Viajaban en un vagón con 80 personas juntas sin poder apenas moverse en los cuales, de forma ocasional, muchos padres mataban a sus hijos quitándoles la respiración para que no aguantaran ese sufrimiento.

Al llegar, dejaban las pertenencias a un lado y eran sometidos a una selección. Los más fuertes se quedaban a un lado, las mujeres, personas mayores y los niños a otro. Estos últimos se iban a la ducha. Contentos por darse un baño tras un largo viaje caminaban con una bolsita que contenía su jabón, su toalla y su cepillo de dientes. Se desnudaban y entraban todos juntos a la ducha. Había vergüenza pero quedaba en un segundo plano. ¡Querían ducharse! Pero nunca salió agua. Salía Zyklon B, lanzado desde un agujero en forma de pequeños terrones de tierra de diatomeas, de la que se obtiene el gas.

Los nazis lo aprovechaban todo. Los miembros del Sonderkommando (unidades especiales de trabajo cuya tarea fundamental era enterrar y quemar cuerpos) después de gasear a las víctimas y antes de quemarlas, les cortaban el pelo y les arrancaban los dientes de oro para luego venderlo. Antes de eso, les robaban sus pertenencias y un grupo se encargaba de hacer la división de la ropa. Hoy se conservan algunas prendas. Los nazis no lograron destruir todas las pruebas de su crimen, a pesar del intento.

Y esto es solo una parte de lo que allí descubrí. Creo que por ahora, suficiente. No es fácil de digerir. Los elementos fundamentales de la ideología nazi eran: odio al comunismo, a los judíos y la democracia, así como la convicción de la superioridad del pueblo alemán sobre los demás. “Debemos liberar a la nación alemana de polacos rusos, judíos y gitanos” dijo Otto Thierack, abogado y ministro de justicia del III Reich. Después de su arresto, se envenenó antes del Juicio de Nuremberg.

“Los judíos son una raza que debe ser totalmente aniquilada” de la mano de Hans Frank, militar y abogado nazi. Gobernador General de la Polonia ocupada. Fue condenado a la horca y ejecutado el 16 de octubre de 1946. A veces la justicia cumple con su papel.

El tiempo pasa inexorablemente. La historia de los testigos directos en breve llegará a su fin. Hoy quedan vivos unos 140 supervivientes aproximadamente. Para mí, 140 héroes.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Sigo sin entender cómo puedo pasar algo así. Aunque tampoco entiendo porqué a día de hoy siguen muriendo cientos de personas en Oriente Medio o en otras partes del mundo a causa de la guerra.

Llegué a Cracovia en busca de mis pertenencias tras un viaje en autobús con unos valencianos muy simpáticos que me hicieron olvidar por un momento lo que acababa de ver y me despedí de la ciudad en un tranvía de camino a la estación. Mi tren rumbo a Budapest (Hungría) salía en pocos minutos y llegaba tarde. Tuve que correr mucho pero lo conseguí. Ya en mi camita litera dura como una piedra y en un compartimento con una mexicana y una americana me sentía rabiosa y necesitaba algo para apaciguar todo ese dolor. El Patino me había pasado la mejor película que podía ver en ese momento, a pesar de las lágrimas que la acompañarían: La Vida es Bella.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *