Mis viajes en Austria

SALZBURGO (Agosto 2016)

En Salzburgo experimenté el sabor de una nueva droga que me enseñaron en el instituto como obligación y no como opción. Definida como un instrumento para extraer lo mejor de los seres humanos; un modo de elevarse por encima de la banalidad de lo cotidiano, poesía sin palabras; pintura sin colores; escultura sin materia, arquitectura sin ladrillo.

Su máximo exponente: W.A. Mozart y su padre Leopoldo, presentes en todas las calles de la ciudad barroca en forma de estatuas, cuadros, bustos, bombones, servilletas, imanes y cómo no, museos de su habitación de nacimiento y residencias u objetos que fueron tocados por sus manos y que no pude evitar tocar yo también.

Debo admitir que casi no llego a esa ciudad. En el trayecto de Suiza a Austria, sentada en unos de esos vagones restaurantes que tanto me gustan y desde donde descubro paisajes insólitos y me sumerjo en mundos diferentes que llevo en mi Kindle, me olvidé un estuche que contenía mi pasaporte, mi DNI, mi billete interrail y todo el dinero que llevaba, incluida las tarjetas. Una Lindada, como una vez alguien bautizó a mis continuos sucesos que solo parece que a mí me ocurran.

Un incidente nada doloroso, pues yo desconocía su pérdida hasta que la camarera del restaurante se recorrió todo el tren hasta encontrarme acompañada de El Padrino. Como diría mi amiga Amanda, siempre tengo una flor que me acompaña. O un ángel, como no deja de recordarme mi madre. ¡Gracias flor, gracias Ángel!

Cuando llegué de noche a esa metrópoli cultural no sabía hacia dónde ir, como me ocurre en todas las estaciones que voy llegando. Viajar sin móvil produce buscarte la vida como a la vieja usanza y preguntar más de una vez (siempre) para ver donde emprender el camino. Al cabo de una hora encontré el alojamiento gracias a un californiano y un inglés que me encontraron perdida y que iban al mismo lugar que yo. La mochila me delató.

Compartimos unas cervezas en el bar del hostel y nos sorprendimos de que los huéspedes de allí cantaran de maravilla bajo la tutela de un piano que no paraba de sonar.

Nos mirábamos atónitos preguntándonos si luego nos tocaría a nosotros. ¿Y yo qué canto? Me preguntaba en mis adentros continuamente. ¡No puedo cantar! Y mientras mi cabeza se peleaba con preguntas y respuestas, mis oídos no dejan de escuchar música clásica que salía de las voces de un grupo de jóvenes sentado a mi alrededor que nos lanzaban miradas de vez en cuando. Y yo aplaudía sin cesary cantaba sí, pero solo ¡BRAVOOO! Entre canción y canción, decían ¿quién es el siguiente? Y siempre había voluntarios. Suspiré.

Después de unas quince canciones y viendo que cada vez había más probabilidad de que me tocara a mí pregunté a qué se debía ese don que todos tenían menos mis acompañantes y yo. Era un grupo de unos treinta americanos que había venido a competir en el Festival de Salzburgo y se alojaban en el mismo lugar. Evento al que acuden personas de todo el mundo, sobre todo, de la clase alta que puede permitirse los precios que oscilan desde 450 € hasta los 15 € (el precio de mi entrada).

Me desperté con las teclas de un piano y una voz soprano que me empujaron a recorrer la ciudad de la música durante más de 15 horas. Acaricié desde las primeras filas de un auditorio una aria de una ópera de Mozart y una sinfonía de Beethoven que me hicieron imaginarme una historia que nada tiene que ver con la del libreto cuyo alemán no entendía. Mi vestimenta de tejaron rotos, resultó ser desubicada para la ocasión pero no me impidió relacionarme entre las elegantes mujeres y trajeados hombres, uno de ellos, proveniente de Canadá para el festival y que amablemente se dedicó a explicarme entre aplausos todos los conceptos de música que albergaban en mi ignorancia.

Maravillada por lo que acaba de vivir seguí perdiéndome por esa pequeña ciudad sintiéndome por momento Julie Andrews y tarareando el sonido de sus canciones en el famoso musical Sonrisas y Lágrimas (The sound of music), gracias al cual la ciudad recibe miles de visitantes al año. No hubo ni un rincón que me faltara por visitar, incluida dos subidas a la majestuosa fortaleza ubicada encima de la ciudad, en el monte Mönschberg, el castillo más grande y bien conservado del centro de Europa. Una de las veces corriendo para llegar a un museo que nunca logré entrar.

A cambio del museo cerrado, mientras recuperaba el aliento a la vez que contemplaba por enésima vez los tejados de Salzburgo, un argentino del mismo pueblo de mi madre me interrumpió pidiéndome que le sacara una foto en un inglés con acento a español. Ahí empezó una conversación de más de ocho horas, un fotógrafo personal, unos bailes de tango y una noche a la austríaca en los bares que frecuentan los locales.

Nos despedimos de madrugada, rodeados de borrachos y en uno de los tantos puentes que tiene la ciudad y acordamos vernos en Viena a la noche siguiente intercambiando únicamente nuestros nombres en Facebook. No era mi intención no reencontrarme con él, pero con mi nombre es bastante difícil localizarme, al igual que con el suyo.

No podía marcharme sin conocer todos los escenarios de la película de la familia von Trapp así que contraté una excursión que me llevó en autobús a todas las partes donde se filmó el famoso musical, algunos lejos de la ciudad de Salzburgo como St. Gilgen o la iglesia donde se casan a orillas del lago Mondsee. Todo ello con un grupo de turistas/frikis que cantábamos al unísono DOminemos nuestra voz, REpitiendo sin cesar, MI lección se entienda ya, FAcíl es poder solfear; [—] DO-RE- MI-FA-SOL-LA-SI, entre otras tantas canciones.

Me despedí como al llegar, de noche otra vez, con la sensación que uno tiene al decir adiós a algo o alguien que desea mucho. Adiós a la ciudad de los príncipes, de los festivales, la ciudad de Mozart. Resultó difícil marcharse de Salzburgo, pero al cabo de poco más de dos horas, ya pasada la medianoche, la imperial Viena me ayudó a decirle adiós.

VIENA (Agosto 2016)

Escribo estas palabras en la vorágine del día a día y con dificultad para encontrar minutos con los que seguir construyendo frases y asimilando vivencias. Ya hace un mes que me bajé de los trenes europeos para volver a la realidad y recordar que, por ahora, los viajes tienen fecha de caducidad.

Se acabaron los despertares sin alarmas, las lecturas de horas ininterrumpidas, los días sin leyes y sin rugby. Se acabó la ropa arrugada o los pasos sin prisas.

En mi primer despertar en Viena descubrí un mensaje de mi madre que planteaba la opción de pasar unos días de mochilera con su hija pequeña. Me gustaba la opción, aunque mi viaje cambiaría completamente. Sabía que lo recordaría toda mi vida. Lo que no sabía era que la avasallaría a preguntas y que hablaríamos de cosas que quizá, de no estar en ese contexto, nunca hubiéramos comentado. Una gran compañera de viaje, sin duda.

Transcurrieron 6 días desde que acordamos encontrarnos en Zagreb hasta que se abrieron las puertas del aeropuerto y apareció ella con su gran sonrisa y su mochila-maletita.

Mis días previos los pasé en Viena, perdiéndome en sus calles de día y de noche con gente local que conocía caminando. No podía irme sin la visita obligada al escenario de todos los lugares de una película que nos encanta a mis hermanas y a mí: “Antes del amanecer”. No me encontré al protagonista Ethan Hawke pero sí a un argentino con el que días atrás descubrí Salzburgo y, que tras quedar en Viena y no poder localizarnos, me encontró leyendo adentro de un minúsculo bar, escenario también de la citada película. Casualidades que me encantan.

Quedaban pocas horas para cambiar de país rumbo a Bratislava así que las aprovechamos caminando bajo la lluvia y visitando los jardines de Belvedere y la ópera de Viena, cita obligatoria para cualquier persona que acuda a la ciudad. Nos despedimos en la capital que combina la arquitectura de Buenos Aires y el imperialismo de Madrid, sin un encanto característico a pesar de su belleza. Apenas una hora y media más tarde llegué a la pintoresca Bratislava donde 24 horas son suficientes para visitarla.

La ciudad menos cautivadora de mi viaje. Y no porque fue la considerada industrial en la época de Checoslovaquia ni tampoco porque fue casi toda destruida poseyendo solo un casco histórico con escasas callecitas, sino porque, en general, la gente no sonríe. Sé que es cultural y que no están acostumbrados al turismo, pero me costaba vivir con ello. Ahí comprrendí que mirar a las personas también era una forma de mirar a un país. Me fui de allí muy rápido con la certeza de que algún día le daría una segunda oportunidad a la única capital en el mundo que tiene frontera con dos países.

Me esperaban 7 horas en un tren para llegar a la capital croata y recibir a mi madre fresca y preparada para pasar 10 días juntitas en tierras croatas, eslovenas y serbias. Nos esperaban ciudades desconocidas, citas a ciegas con lugares, que por muchas fotos que viéramos o por mucho que nos cuenten o que leamos, el momento de la verdad ocurre en el cara a cara. Y que espero contar.

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