Escocia, la maravillosa

Día 32 de la vuelta al mundo. Glasgow, 28 de agosto de 2017.

Hoy hace 50 días que convertí mi vida en un viaje interminable y que decidí contar a través de imágenes y palabras. Palabras que salen de unas cuantas horas delante del ordenador para dar a luz a estas “demasiadas” líneas para unos y “pocas” para otros.

Quisiera ser lo igual de breve escribiendo, que de ropa en mi equipaje. Pero por ahora no puedo, no sé. Lo que sí sé es que viajamos porque no queremos unas pocas semanas de vacaciones, porque lo que aprendemos no se enseña en el colegio, ni se retransmite por radio o televisión. Viajamos para ser ricos, en tiempo. Al final las mejores cosas de la vida son gratis: los besos, el mar, el horizonte, los abrazos, las montañas…

Iniciar un viaje así te hace cuestionar el futuro. O mejor dicho, te lo hacen cuestionar. La sociedad, en general y algunas personas de tu alrededor, en particular. ¿Debo seguir trabajando como abogada ahora que soy joven? ¿Necesito ahorrar para una vivienda? ¿Un plan de pensiones? Tengo claro el no como respuesta.

Quizá me ayuda a responder estas cuestiones el afán de descubrimiento, las ansias de aventura y el sueño de conocer los rincones que un día Willy Fogg, Tintín o Marco Polo nos enseñaron desde el sofá de nuestras casas. Y cuyas consecuencias sentimos como la incertidumbre, los imprevistos y los momentos de soledad en el camino.

Ejemplo de estas tres últimas situaciones las viví a mi llegada a Escocia, sin móvil, un Ferry perdido y una ciudad de noche sin escapatoria a Glasgow hasta el día siguiente. Caminé a oscuras con mi pesada mochila hasta que encontré el único hotel que había en esa vacía ciudad del puerto denominada Carnryan. Al día siguiente encontré un hogar en Glasgow, la casa de un refugiado sirio que encontré en Couchsurfing y que me hizo sentir como si estuviera en mi casa. Me enseñó la cara no maquillada de la ciudad. La Glasgow cultural, la universitaria, la fiestera, la reivindicativa. La Glasgow que poco puede competir contra la preferida de todos, Edimburgo.

Visitar Escocia implica sí o sí conducir por ella, perderse entre sus montañas, sus carreteras, sus castillos, sus lagos. Vale la pena dormir cerca del Monstruo del lago Ness, correr por las montañas del Valle de Glencoe y perderte por ellas bajo una lluvia torrencial y encontrar una tetería de película en la que parece que en un momento u otros esos trozos de cerámica empezaran a hablar. No podrás parar de querer detener el coche, no podrás parar de hacer fotografías e inmortalizar tanta belleza junta. En sus carreteras recogí a mi primera persona que hacía autoestop, un canadiense en busca de sus antepasados que buscaba un antiguo castillo de su familia. Si no fuera por la prisa que tenía por llegar a Edimburgo para devolver el coche le hubiera ayudado a buscar ese castillo… ¿Quién sabe?

Y hablar de Edimburgo, la capital de Escocia y la llamada Atenas del Norte, implicaría decenas de líneas más que plasmaré en mi Blog que saldrá a la luz en unos días y en el que ya te puedes suscribir para recibir todas las novedades: www.viajaconlinda.com. En él os espera William Wallace, Adam Smith, James Watt, el perro Bobby, la oveja Dolly, una de las mejores universidades del mundo y la ciudad de la película Transpotting.

Me quedó con la Edimburgo de los fantasmas y de la literatura. Escritores escoceses dieron luz a La Isla del tesoro o el famoso detective Sherlock Holmes. De la mano de J.K Rowling, en el bar The Elephant House, una de las personas más ricas de Inglaterra en la actualidad creó en su época de penuria un mundo mágico como el lugar que la inspiró. Edimburgo respira a Harry Potter y allí podrás dejar volar tu imaginación y estudiar en Hogwarts, comprar tu varita en el Callejón Diagón y encontrar al mago adolescente bebiendo una fresquita cerveza de mantequilla.

Después del frío irlandés y escocés, nos transportaremos al frío argentino que ahora mismo estoy sintiendo.

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