Viajes pasados: mis 48 países

¡Mi cumpleaños en San Pedro de Atacama!

Cada vez estoy más convencida de que la experiencia pausada y matizada de un solo país es siempre mejor que el paso apresurado y superficial por cuarenta. Aunque mi paso deberá empezar a apresurarse en unos días para llegar a Ecuador volver a casa por Navidad.

A unas pocas horas de la hora de mi nacimiento en el desierto más árido del mundo y 130 días más tarde, por fin puedo poner cara y ojos a una idea de la que tanto he hablado y tanto me ha costado materializar. La falta de rutina me ha hecho olvidar eso de optimizar el tiempo. ¡Una ex prioridad en mi vida!

Me consuela sentir que no ha sido vagancia, o falta de ganas. No sé lo que ha sido. El otro día recibí un correo electrónico de un querido profesor de la universidad que me dijo que “La felicidad escribe blanco”.

No obstante, la artífice indirecta de estas líneas es mi madre, que me dio la vida hoy hace 28 años y que me pedía cada día un correo electrónico cuando me alejé del nido con 20 años para vivir en otro país. Ella me insistía en que le escribiera y yo, aunque rezagada, cumplía con ello. Más tarde, descubrí que poniendo en copia oculta  a mis amistades lograba matar dos pájaros de un tiro. Y al cabo de unos años, descubrí que a través de mis palabras la gente lograba viajar, oler, sentir.

Así que en mi 28 cumpleaños me he regalado avanzar un poquito en esta web de la que ahora en adelante será actualizada (espero) en vivo y en directo como hoy.

Gracias de antemano por todas las felicitaciones de mi cumple. Lo celebraré desde la cima del volcán más antiguo de Chile llamado Lascar a 5.600 metros de altura.

 

Primeros días en Chile, ¡huevón!

Fue hace más de un mes cuando llegué a Chile, curiosa por ponerle cara y ojos a la capital, la famosa Valparaíso y a la tan querida por sus ciudadanos, Viña del Mar. A pesar de que mi gran deseo fuera conocer a la sociedad con una curiosidad nunca vista en otros países y donde el transcurso de los días me explicaría el porqué.

No queda muy bien decirlo, y mucho menos pensarlo, pero después de unos días en Chile me percaté de que en mi cabeza existían prejuicios sobre la sociedad chilena. Nunca había sentido esto en ningún país y culpable de pensarlo me adentré en un análisis de mis percepciones. Llegué a la conclusión de que mis prejuicios eran una mezcla de ignorancia y alimentos que había recibido por muchos argentinos, cuya rivalidad es de antaño, los propios chilenos que me he ido cruzando fuera de Chile y algún español.

Pero después de un mes, mucho estudio y muchas preguntas he logrado entender al chileno (a su persona, no su particular idioma lleno de slang y modismos que resultan ininteligibles). Y es que el chileno carece de una identidad clara en cuya mezcla encontramos a los rapa nui de la Isla de Pascua, el pueblo mapuche y una muy pequeña influencia europea.

No fui consciente de ello hasta que me desahogué con unos cuantos y comprobé que al contrario de los argentinos, suelen ser tímidos, cerrados y honestos. Muchos indicios me llevaron a esa conclusión, entre ellos el sentirse cohibidos al hablarles, sorprenderse al observar que viajaba solita o no irse con rodeos en sus respuestas.

No sabía casi nada de Chile. Ni que era obligatoria la colocación de su bandera el día de su independencia, ni que era el país más sísmico del mundo, ni tampoco el más largo. Apenas conocía la política de Pinochet ni tampoco había visto el último discurso de Salvador Allende, minutos antes de que el Palacio de la Moneda fuera bombardeado un 11 de septiembre de 1973, acabando con su vida de una forma todavía hoy discutida.

Tampoco tenía constancia de que uno de los principales reclamos es una reforma educativa ya que en la actualidad todas las universidades –tanto las públicas como las privadas- cobran aranceles. Para afrontar ese gasto, los estudiantes chilenos recurren a créditos que dejan a miles de jóvenes de clase media y baja endeudados una vez que terminan de estudiar. Un claro sistema de reproducción de la desigualdad.

La educación pública no es la única lucha, también lo es la sanidad y la pesca de cuyas reivindicaciones haré referencia al hablar de la costera Valparaíso, considerada la ciudad más pobre, pero también la más feliz.

Mi primera ciudad de Chile fue accidental al quedarme sin opciones de viajar hacia mi auténtico destino: Concepción. Se llamaba Osorno y a parte de una catedral preciosa de estilo ojival con uno de los mosaicos más grandes de Latinoamérica no tenía gran cosa, excepto muchos pubs y discotecas. Ahí tuve el honor de probar mi primer pisco sour, del cual no debatiremos si es chileno o peruano. Es de los dos y punto.

En la segunda ciudad más grande de Chile, iba a vivir mi primera experiencia de voluntariado, «ayudando a pintar la casa de la Oma». Una señora de más de 80 años, con una pocilga y sin ninguna pared que pintar. Aproveché para investigar la zona y descubrí una mina debajo del Pacífico cuyo gran guía te hace sentir minero de verdad, «El chiflón del diablo». Y a la vez un héroe. Fui minera por un día, tuve miedo por el gas grisú y a la vez me sentí muy privilegiada al no tener que soportar tales clases de riesgos.

Mis 4 dias durmiendo en un lugar cuyas calles ostentaban los nombres de Terrassa, Sabadell, Badalona, Cádiz…. finalizaron despidiéndome de la señora y de sus más de siete gatos. Mi paso por Concepción había valido la pena a pesar de mi experiencia «laboral» frustrada. La próxima sería en San Pedro de Atacama, pero antes viajaría a la capital, la mágica Valparaíso y «la pija» Viña del Mar.

Tras 24 horas en un autobús y un dolor de piernas que me duraría días conocí a una Santiago de noche. No pude evitar ir al barrio de Bellavista donde se encuentra la calle más famosa de bares para así tener un primer contacto con esa ciudad que no me agradó mucho al principio pero que luego aprendí a querer, a pesar del smog, contaminación ambiental comprensible al ser una ciudad de más de seis millones de habitantes, encajonada en un valle rodeado de montañas que obstaculiza su adecuada ventilación.

Calafate & Bariloche ¡Adiós Argentina!

Día 95 de la vuelta al mundo. El Calafate, 3 de noviembre de 2017.

Al escribir las siguientes líneas tengo que retroceder al pasado unas semanas o tal vez algún mes. No lo sé. Tampoco sé qué día es hoy y mis semanas ya no tienen días sino momentos como “cuando estuve en Argentina de la mano de mi padre y mi hermana”; “cuando viví en un velero”; “el día que me maravillé con el Perito Moreno”.

Fue hace una eternidad o eso me parece cuando tuve el privilegio de caminar por el primer glaciar que he visto en mi vida y celebrarlo con un chín-chín de whisky sobre los grampones. Seguramente uno de los mejores espectáculos que le he podido regalar a mis ojos.

Y es que viajar es como estar soñando. Y recuerdo perfectamente el sueño de ese día indefinido en el que viajé a El Calafate, una ciudad que vive única y exclusivamente de este trozo de hielo en movimiento, he aquí la definición de glaciar que le debe su nombre a un perito, explorador, político, geógrafo llamado Francisco Pascacio Moreno, pieza fundamental para delimitar las fronteras entre Argentina y Chile.

Tras más de 100 años de controversia en la que Chile solicitaba que el territorio limítrofe fueran las aguas divisorias, Argentina insistía a través del Sr. Moreno que debía ser la cordillera de los Andes la que marcara los límites con Chile. Un problema de fronteras que a día de hoy generan problemas en todo el mundo.

Lo observé en Argentina, lo vivo ahora en Chile y desde la distancia en mi país, y que está en boca de todo el mundo. Es curiosa la interpretación de la controversia sobre Cataluña que existen en los medios y ciudadanos del otro lado del charco y que considero muy lejos de la realidad. Pero eso es otro tema. Volvamos a Argentina, donde finalmente, en el año 1901 un arbitraje inglés le dio la razón a Argentina.

Azul intenso por el reflejo del cielo, blanco impoluto y muchas personas queriendo un primer plano es lo que te encontrarás en las pasarelas desde donde también se observan peleas entre turistas en busca de la mejor foto. Creo que la mayoría de esas personas vieron más el hielo por el objetivo de la cámara que a través de sus ojos. En mi caso no necesitaba tantas fotos, pero sí escuchar las impresiones de la gente, para saber cómo estaban viviendo ese momento único en la vida.

Una parejita de Sant Just Desvern fueron uno de los tantos con los que compartí esas cuatro horas. Y todos coincidíamos en lo surrealista, impactante y otros tantos adjetivos que finalizaban con un “Ya está, ya lo hemos visto”. Resultó difícil decirle adiós porque querías escuchar un estruendo más, otro crujido imposible de olvidar en la vida. Y otro “wow” salía de tu boca cada vez que lo mirabas una última vez.

Mirando con perspectiva los lugares turísticos que no son por norma siempre los mejores, son desorbitados los precios que cobra Latinoamérica para poder presenciar los maravillas de la naturaleza. Creo que se convierte en necesidad cuando los productos básicos son más caros que en España, cosa que los sueldos no.

¿Cómo sobreviven? ¿Cómo pueden progresar? Siempre tan inestables económicamente y con un historial de crisis casi cada 10 años. Tendrán toda la labia que creamos, serán “ventajeros” como los suelen calificar, se marchan de su país con una mano adelante y otra detrás, pero son supervivientes, ¿qué otra opción les queda? Y pensar que nosotros nos quejamos, no digo que sin razón en algunas ocasiones, pero al lado de ellos…

De todos modos, me alegra saber que miles de personas pueden vivir del glaciar que espero no se derrita jamás ya que el 99% de la ciudad donde me alojé durante cuatro días con un profesor de la ciudad viven de él. Y viajando así, gracias a la muy útil web de couchsurfing tu viaje se transforma al vivir como una más, sintiendo la rutina de los que viven allí aunque la tuya sea inexistente.

Me fui de esa ciudad turística para conocer El Chaltén, la capital del trekking argentino. Un pueblito a 200 km.que merece la pena visitar para perderse entre sus caminatas de 3 o 6 horas y apreciar de cerca al cerro Fitz Roy y las lagunas que aparecen por el camino. Si caminas lo suficiente, puedes merecerte un cordero patagónico en un restaurante de unos catalanes llamado La Senyera.

Mis días en Argentina estaban casi contados pero otro avión me llevó a San Carlos de Bariloche, una perla de la Patagonia donde viven mis tíos. Me dediqué a compartir muchos momentos familiares, jugar a rugby, hacer crossfit, encontrar fotos nuestras de pequeñas y ponerme al día en muchos asuntos, entre ellos la comida. Dos meses en Buenos Aires me hicieron tocar fondo con la comida y con la báscula, que llegó a marcar 82 kilos. Ay ay ayyyyy. ¡Adiós asados, patatas, chocolates y caramelos! ¡Adiós Argentina!

Me despedí de mis tíos con un llanto desconsolado desde un autobús que me llevaría a Chile. No sabía que en unas horas me quedaría pegada al cristal admirando el cruce por los andes. ¡Otro wow! Sentía alegría y penita a la vez, reía y lloraba como el día que descubrí que Papá Noel no existía en el andén de la estación de Castelldefels. Pena por despedirme de mis tíos, de edad avanzada, tan tiernos y sin saber cuando los volvería a ver. Alegría de haber disfrutado durante dos meses de este país lleno de emociones, aventuras y seres queridos, comprobando que no había cambiado desde que me marché hace 7 años, pero que tal vez la que había cambiado era yo.

Península Valdés (Argentina), tierra de ballenas

Día 88 de la vuelta al mundo. Puerto Madryn, 24 de septiembre de 2017.

Si leer es un viaje, ¡sigamos leyendo! Me despedí de la gran metrópolis de Buenos Aires desde el avión. Mirando por la ventana del avión y por la ventana de los recuerdos, intentando asimilar aquel mes y medio acompañada de tantos seres queridos a los que lograré ver en mi vida unas pocas veces. Y sobre todo, acompañada por unos días de mi padre y hermana Candela, con los que viví cosas que las palabras no pueden definir.

Todavía sigo dándole vueltas a la cabeza al porqué de que un país tan rico como Argentina tenga que sufrir tanta inestabilidad económica y tanta inseguridad. Si bien es cierto que la capital está muy poblada y es donde se concentra la mayor parte de la «supuesta criminalidad» (que he oído pero nunca presenciado) no entiendo cómo los políticos y jueces no logran acabar con esta lacra que ensucia a este maravilloso país.

Cuando se habla de Argentina es inevitable pensar en España, la madre patria. Al final muchos de los países de Sudamérica fueron españoles, protagonistas de los virreinatos de los que me referiré algún día y de parte de la masacre de los pueblos indígenas. Pero me adelanto, parafraseando a un escritor uruguayo que decía «Perdimos, otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos».

La Patagonia me ha enseñado los lugares más bellos que jamás había visto, pero también la obligación del éxodo de muchas familias a un lugar más seguro, dejando atrás a otros familiares y amigos. Y siempre por culpa de lo mismo, la inseguridad.

Hay ciudades famosas que quizá jamás volverás porque «ya lo has visto»; «ya lo has hecho». Y eso me pasó en mi siguiente destino, al viajar a Puerto Madryn para conocer las famosas ballenas australes. Un punto geográfico estratégico al comunicarse mediante un istmo con la conocida Península Valdés, atractiva por una fauna formada por ballenas, pingüinos, lobos y elefantes marinos y si eres afortunado ¡las orcas! El mayor depredador, muy difícil de avistar. Sería increíble verlas acercarse a la orilla donde sacan su cuerpo para atrapar a alguna presa en forma de cría de león o elefante marino.

Si tendría que recomendar a un viajero su visita a esta región les diría que se alquilaran un coche para recorrerla (y que viajen entre mayo y diciembre para poder ver las ballenas). Las excursiones son caras, como el país en la actualidad (la inflación es otro mal del país).

Mi recorrido entre guayacos, aves de todos los colores y una dominante estepa patagónica duró unas 8 horas. Resultaron todas fascinantes, pero la hora y media que viví en el barco escuchando esos soplidos y el fuerte ruido de su cuerpo golpeando el mar fue un espectáculo mágico. No sé si el guía se lo dice a todos los turistas que se vuelven locos sacando fotos, pero comentó que estábamos viendo un fenómeno, algo insólito que era el apareamiento de las ballenas. En él intervienen una hembra y hasta media docena de machos, donde ella, por una cuestión de miedo, se rehúsa a ser copulada, colocándose con el vientre hacia arriba. Y así vimos a la imponente hembra.

El privilegio de un día al conocer un Patrimonio de la Humanidad donde está prohibida la caza y se favorece la protección de todas las especies que habitan, cobró un sentido curioso al saber que antiguamente la presencia de estos cetáceos resultaban un incordio para los habitantes del Puerto Pirámides, el lugar de donde salen las embarcaciones, llegando a lanzarles piedras para ahuyentarlas debido a que frotaban su cuerpo de 40 toneladas contra las columnas del embarcadero y rompían los hilos de pesca y las cañas. ¡Ahora son millonarios y todo el pueblo vive del turismo!

Espero que se sigan avistando y que se continúe con la prohibición mundial de su caza, dejando de lado el aprovechamiento de su grasa para el aceite que hace la margarina o la iluminación o valiosa para las suelas del zapato. Sin olvidarnos del esperma para los cosméticos, el ámbar gris como fijador de perfume y la carne que supone un 1,7 % de la que se come en Japón.

Mis días en esta región de Argentina terminaron visitando una colonia galesa que llegó a estas tierras allá por el 1865 tras una serie de promesas que al final no se cumplieron. No obstante, muchos se quedaron formando Gaiman, famoso por las costumbres y tradiciones galesas como la torta negra y la casas de té, una de ellas muy famosa por la visita de Lady Di en el año 1995, una teteria que sentía que no me podía perder.

¡Adiós bonitas ballenas con forma de piedras! Es hora de visitar el fin del mundo, Ushuaia.

Ushuaia, fin del mundo, principio de todo.

Día 93 de la vuelta al mundo. Ushuaia, 30 de septiembre de 2017.

Si Puerto Madryn y su famosa vecina península Valdés son sitios a los que no tengo necesidad de volver, con Ushuaia me sucede todo lo contrario. Tal vez si no hubiera tenido una avión con destino a El Calafate, donde me quedaría maravillada al ver un trozo enorme de hielo, todavía estaría en el fin del mundo. Nunca lo sabré.

Viajar es sinónimo de decisiones constantes, muchas más que en nuestra vida diaria. Qué conocer, qué leer, qué comer, dónde ir, dónde dormir… Y como en la vida misma el efecto de todas ellas te llevan a más o menos descubrimientos. Más o menos aventuras. Seguramente el hecho de no escuchar las 8 alarmas de mi móvil y despertarme a menos de dos horas del vuelo fuera una señal.

Lamentablemente corrí como una loca al velero amarrado al canal Beagle que se había convertido en mi hogar durante esos 5 días, recogí todas mis cosas con la certeza de que me olvidaba media maleta y llegué a tiempo para mirar con nostalgia desde mi asiento del avión a una Ushuaia en miniatura y el conocido Estrecho de Magallanes, principal paso natural entre los océanos Pacífico y Atlántico.

Cada vez estoy más convencida de que las ciudades te enamoran no tanto por lo que son físicamente, sino por lo que vives en ellas. Y aquí me sentí una pueblerina más, una fueguina más. Así se les denomina a los habitantes de esta provincia llamada Tierra del fuego. ¿Y por qué? Malditos porqués que salen de mi boca antes de tener uso de razón. Resulta que Colón cuando llegó a América pensó que se encontraba en la India y murió sin saber que era un nuevo continente. Sin embargo, Américo Vespusio demostro que era un continente nuevo (he aquí el nombre de América).

Pero fue Hernando de Magallanes siglos más tarde, quien bautizó a esta isla como Tierra de los Fuegos o de los Humos por las fumarolas que destacaban en sus riveras para escapar del frío y que eran encendidas por los selknam (onas), los indígenas de ese lugar, exterminados, en mayor parte por los españoles, chilenos, argentinos y británicos, conocidos como los protagonistas de todas esas muertes, como los genocidas.

Transportaros doscientos años atrás, personas desnudas, bañadas en grasa de ballena y lobo marino para protegerse del frío pescaban en la mar con sus barcazas con fuego para entrar el calor. Eran felices sobreviviendo a pesar de la dureza que sería equiparable a la nuestra de «vivir sin móvil». Pero a los colonizadores no les importaron realizar masacres, envenenamientos o matanzas. Su interés por crear grandes compañías ganaderas cruzaron todos los límites y esas reminiscencias se puede observar caminando por las calles de Ushuaia en forma de homenajes o hablando con su población de poco más de 70.000 habitantes.

La ciudad más austral del mundo cuyo despegue y aterrizaje es un regalo para los ojos, compite con Puerto Williams, urbe chilena y no considerada ciudad por sus pocos habitantes. Quizá algún día el fin del mundo deje de serlo para entregarle la credencial a Chile, aunque el orgullo argentino no sé si lo permitirá aceptar. Quizá no esté viva para comprobarlo.

No hice excursiones turísticas, ni visité a los pingüinos de la zona, tampoco conocí el faro del fin del mundo ni viajé en el tren del fin del mundo. Pero viví una Ushuaia real y pura en manos de una bicicleta, pasé el frío que sienten los que allí se atreven a jugar a rugby y pudo ponerles cara y ojos a todas las discotecas de esa ciudad. Sin olvidarme de una fiesta en un barco con «el Messi de los mares» cuyos detalles quedarán en mi memoria no escrita.

Puedo afirmar lo que escribió hace siglos Antonio Pigafetta, cronista y explorador de la expedición de Magallanes que describió así este gran lugar “no creo que haya en el mundo estrecho mejor ni más hermoso que este”.

Mar del Plata, la Ciudad Feliz y últimos días en Buenos Aires

Día 60 de la vuelta al mundo. 23 de septiembre de 2017, Mar del Plata (Argentina)

Soy una boluda, como dice Layán. Decides vivir al máximo pero no te sientas para asimilarlo ni transmitirlo. Y ahí es cuando recuerdas que el motivo de escribir nació para no repetirte explicando lo vivido. Luego compruebas que te ayuda a asimilar, y que la gente viaja desde el tren, su oficina o su cama. Y una ya no se repite, ni tampoco olvido y a veces, menos de las que me gustaría, paro, pienso y escribo por unas horas.

Quiero dejar de ser un poco boluda y retroceder en el tiempo. Me quedé en Buenos Aires con mi padre, que volvió a su tierra después de 28 años y que hace ya un mes que regresó a su querida Castelldefels. Mi madre me cuenta que aún le explica anécdotas y vivencias de esos días juntos que valen más que el oro y que ya forman parte de la historia de mi vida argentina.

Una historia que no solo abarcó Buenos Aires, sino la capital de la costa, Mar del Plata, la Ciudad Feliz, la segunda urbe de turismo más importante del país tras Buenos Aires. Viajamos en coche con mis tíos cuya distancia de 400 km. tiene un sentido diferente según el país que procedas. Esos cuatro días familiares sirvieron para disfrutar de mis tíos y comerme todo lo famoso de esa zona. Las medialunas de Atalaya (Chascomús) en el camino, las medialunas de Boston, el famoso restaurante Manolo (dueño español de Burgos), alfajores Havanna. ¡Viva la comida! Los lobos marinos, icono de ciudad, no me los comí.

Asimismo, me sirvieron para buscar la casa donde vivió mi abuelo materno y que ya no está, o para ver el lugar donde mis padres se dieron el «Sí quiero» en al año 1979. Ciudad glamurosa la recordaba mi padre, pero sólo la recordaba así. Observó una ciudad decadente, detenida en el tiempo, sin apenas inversión en su conservación o planeamiento, calles descuidadas, paredes despintadas, fachadas descascaradas. Una ciudad menos feliz y ya no exclusiva como antaño donde únicamente estaba al alcance de pocos.

Este país en el que llevo desde que aterrizamos un 8 de septiembre y del que me iré en unos días, es un país dentro de muchos países y goza de muchas maravillas del mundo que he tenido el placer de vivirlas y que pronto explicaré para cuando cruces el charco o bajes unos kilómetros del continente.

Mi mirada hacia este país ha cambiado desde mi última visita hará 7 años. Quizá porque he conocido sociedades distintas en un mismo territorio y mirar a las personas también es una forma de mirar a un país. Uno podría estar hablando horas de las caras de Argentina, de su fanatismo en política o fútbol, de soluciones a su economía, de su diversidad paisajistica, de su lado más humano, de sus costumbres y ricas comidas, pero lamento informar que no solucionaremos nada.

«Es Argentina», es el argumento por excelencia de la población ante una situación complicada,inverosímil, surrealista y propia de la idiosincracia cuyas expectativas de cambio son mínimas. ¡Comprúebalo! Mientras tanto… nos vemos en la próxima parada: la Patagonia Argentina.

Argentina con papá y Candela

Día 44 de la vuelta al mundo. Buenos Aires (Argentina), 10 de septiembre de 2017.

Mientras Cataluña se moviliza en una histórica Huelga General contra las cargas policiales del pasado domingo, en el otro lado del Atlántico seguimos la huelga al ritmo del tango y enganchados a las redes sociales, periódicos digitales y canales argentinos para presenciar perplejos la historia de nuestro pueblo.

En momentos como estos desearías la puerta de Doraemon para vivir en directo ese sentimiento de independencia que no comparto pero que admiro. Un sentimiento que un gran amigo define como «incontrolado, irracional, inverosímil e ilimitado» y que me limito a intentar entenderlo.

En Catalunya estoy en alma pero no en cuerpo. Hace tres semanas que llegué a la tierra de mis padres. Siempre en calidad de embajadora de ellos, pero esta vez acompañada de mi hermana por unos días y de mi padre hasta el día de hoy, que en este momento sobrevuela el Océano Atlántico, seguramente intentando asimilar todo lo vivido en el país que no pisaba hace 28 años.

Días de emoción, de descubrimientos, de reencuentros. Días de comida y más comida. Días de nostalgia, de recuerdos, de batallitas de papá. Días de barrio, de visitas, días que alguna vez soñé compartir con mi padre y que se hicieron realidad en lugares como la Boca, San Telmo o Temperley.

Argentina y España, similares y a la vez tan diferentes. Me recuerda a dos hermanas que se ayudan mutuamente, en la guerra civil española, en el corralito argentino (2001) con situaciones inversas pero consecuencias similares. Buenos Aires atrapa como nuestra capital, pero es fácil desengancharse cuando la inseguridad que sus ciudadanos advierten continuamente quedan lejos de nuestras costumbres.

Sé que hay esperanza de que algún día la rabia e impotencia de ver una Argentina cara, insegura y deteriorada se convierta en la que algún día fue y que por momentos regresa al compartir un mate con los amables y hospitalarios argentinos, al perderse por sus barrios bohemios y llenos de historia, al sentir la magia del país que a pesar de todo, no decepciona a nadie.

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Escocia, la maravillosa

Día 32 de la vuelta al mundo. Glasgow, 28 de agosto de 2017.

Hoy hace 50 días que convertí mi vida en un viaje interminable y que decidí contar a través de imágenes y palabras. Palabras que salen de unas cuantas horas delante del ordenador para dar a luz a estas “demasiadas” líneas para unos y “pocas” para otros.

Quisiera ser lo igual de breve escribiendo, que de ropa en mi equipaje. Pero por ahora no puedo, no sé. Lo que sí sé es que viajamos porque no queremos unas pocas semanas de vacaciones, porque lo que aprendemos no se enseña en el colegio, ni se retransmite por radio o televisión. Viajamos para ser ricos, en tiempo. Al final las mejores cosas de la vida son gratis: los besos, el mar, el horizonte, los abrazos, las montañas…

Iniciar un viaje así te hace cuestionar el futuro. O mejor dicho, te lo hacen cuestionar. La sociedad, en general y algunas personas de tu alrededor, en particular. ¿Debo seguir trabajando como abogada ahora que soy joven? ¿Necesito ahorrar para una vivienda? ¿Un plan de pensiones? Tengo claro el no como respuesta.

Quizá me ayuda a responder estas cuestiones el afán de descubrimiento, las ansias de aventura y el sueño de conocer los rincones que un día Willy Fogg, Tintín o Marco Polo nos enseñaron desde el sofá de nuestras casas. Y cuyas consecuencias sentimos como la incertidumbre, los imprevistos y los momentos de soledad en el camino.

Ejemplo de estas tres últimas situaciones las viví a mi llegada a Escocia, sin móvil, un Ferry perdido y una ciudad de noche sin escapatoria a Glasgow hasta el día siguiente. Caminé a oscuras con mi pesada mochila hasta que encontré el único hotel que había en esa vacía ciudad del puerto denominada Carnryan. Al día siguiente encontré un hogar en Glasgow, la casa de un refugiado sirio que encontré en Couchsurfing y que me hizo sentir como si estuviera en mi casa. Me enseñó la cara no maquillada de la ciudad. La Glasgow cultural, la universitaria, la fiestera, la reivindicativa. La Glasgow que poco puede competir contra la preferida de todos, Edimburgo.

Visitar Escocia implica sí o sí conducir por ella, perderse entre sus montañas, sus carreteras, sus castillos, sus lagos. Vale la pena dormir cerca del Monstruo del lago Ness, correr por las montañas del Valle de Glencoe y perderte por ellas bajo una lluvia torrencial y encontrar una tetería de película en la que parece que en un momento u otros esos trozos de cerámica empezaran a hablar. No podrás parar de querer detener el coche, no podrás parar de hacer fotografías e inmortalizar tanta belleza junta. En sus carreteras recogí a mi primera persona que hacía autoestop, un canadiense en busca de sus antepasados que buscaba un antiguo castillo de su familia. Si no fuera por la prisa que tenía por llegar a Edimburgo para devolver el coche le hubiera ayudado a buscar ese castillo… ¿Quién sabe?

Y hablar de Edimburgo, la capital de Escocia y la llamada Atenas del Norte, implicaría decenas de líneas más que plasmaré en mi Blog que saldrá a la luz en unos días y en el que ya te puedes suscribir para recibir todas las novedades: www.viajaconlinda.com. En él os espera William Wallace, Adam Smith, James Watt, el perro Bobby, la oveja Dolly, una de las mejores universidades del mundo y la ciudad de la película Transpotting.

Me quedó con la Edimburgo de los fantasmas y de la literatura. Escritores escoceses dieron luz a La Isla del tesoro o el famoso detective Sherlock Holmes. De la mano de J.K Rowling, en el bar The Elephant House, una de las personas más ricas de Inglaterra en la actualidad creó en su época de penuria un mundo mágico como el lugar que la inspiró. Edimburgo respira a Harry Potter y allí podrás dejar volar tu imaginación y estudiar en Hogwarts, comprar tu varita en el Callejón Diagón y encontrar al mago adolescente bebiendo una fresquita cerveza de mantequilla.

Después del frío irlandés y escocés, nos transportaremos al frío argentino que ahora mismo estoy sintiendo.

7 días en Irlanda del Norte

Día 24 de la vuelta al mundo. Belfast (Irlanda del Norte), 21 de agosto de 2017.

7 días en Irlanda del Norte no han sido suficientes para entender el escenario de uno de los conflictos político-religiosos más importantes de esta época. Es importante matizar que es mucho más político que religioso como así lo han expresado taxistas, camareros o transeúntes de las calles de Belfast a las cuales les preguntaba sutil y no tan sutilmente si sentían “Irish or British” (50-50 me atrevería a decir). Los católicos que son mayoritariamente republicanos desean incorporarse a la República de Irlanda o dejar ser parte del Reino Unido de Gran Bretaña y los protestantes que son mayoritariamente unionistas defienden permanecer en el Reino Unido.

Resulta muy fácil identificar la ideología de muchos de sus habitantes por la cantidad de banderas que ondean en sus puertas o barrios, aunque más fácil resulta saber a qué “bando» pertenecen si sabes de qué lado del muro viven. Sí, un muro de 20 kilómetros de largo que mide a veces más de siete metros de alto. ¿Un campo de concentración? Lo parece por sus bloques de piedra y metal, alambres de espinos y cámaras de vigilancia.

Un muro que la gente sigue considerado NECESARIO y que interpreto como un mural mucho más mental que físico. Seguridad y protección a sus ciudadanos y casi la única atracción turística de la ciudad (seguida de museo del Titanic que abrió sus puertas en el 2012, y, que por cierto, no tiene ningún elemento original del barco) por sus murales que reflejan reivindicaciones, homenajes a personajes históricos, civiles muertos. «¿Por qué está ahí ese muro?» «Para que la gente del otro lado no nos haga daño». Me resulta inevitable pensar en los independentistas en Cataluña que al fin y al cabo les une lo mismo, ¿no? Un sentimiento de identidad, aunque con diferente reivindicación hasta la fecha.

Nunca había sentido llegar a una ciudad y pensar ¡qué fea eres! Pero siempre hay una primera vez… y eso sentí en Belfast. Cabe decir que llegamos en domingo, que estaba desierta y que el tiempo en estos lugares tampoco ayuda. No obstante, con el paso de las horas y los días, obstinada a no querer aceptar que la ciudad que construyó el Titanic fuera una simple ciudad encontramos la belleza en su gente y en unas pocas calles del barrio de la catedral, llena de pinturas que reflejan la cultura irlandesa y no británica y pubs con encanto como el Duke of York que merecen unas cuantas cervezas.

Sin embargo, la belleza llevaba aparejada odio y resentimiento protagonizado por sus propios grupos armados para atacar al otro cuyas acciones han dejan más de 3.500 muertos en 45 años como resultado de batallas, enfrentamientos, atentamos o ejecuciones extrajudiciales.

Por todo ello, no sé si decir que viajamos a otra parte de Irlanda ó a un país diferente, cuya gentil y amable población nos recibió para vivir la recta final de la Copa del Mundo de Rugby donde una luchadora Selección Española consiguió un décimo puesto. Muchos destacan que ha sido el peor resultado de nuestra historia rugbística pero deberíamos empezar por considerar un privilegio ser uno de los países que participan y que desafortunadamente en España, uno de los mejores deportes del mundo tiene poca visibilidad, poco apoyo institucional y no una larga trayectoria española. Todo llegará. Mientras tanto, no vamos en buen camino si las vacaciones de muchas jugadoras son las concentraciones con la selección y que nuestros países vecinos lo consideran una profesión.

Entre partido y partido viajamos a la famosa Calzada de los Gigantes donde tuvimos la osadía de acampar a escasos metros de los acantilados y seguramente poder dormir por primera y última vez en nuestras vidas en un lugar Patrimonio de la Humanidad y Reserva Natural Nacional. Es lo que tiene atreverse a dormir en una tienda de campaña en la fría y veraniega Irlanda/Reino Unido. En este lugar, te conviertes en una niña por momentos y crees que hace años existían gigantes que de tanto tirarse rocas se formó un campo de piedras sobre el mar como dice la leyenda.

Después visitamos el proceso de hacer whisky en la destilería más antigua del mundo, del año 1608 en la ciudad de Bushmills y finalizamos nuestra salida en Derry, una ciudad que huele a reivindicación y tiene huellas del famoso Bloody Sunday, cuya película del mismo título me ayudó a entender lo que pasó un famoso 30 de enero de 1972.

Acortamos nuestra salida para ir a Belfast a jugar un torneo internacional de rugby, nuestro cuerpo lo pedía a gritos así que nos unimos a un equipo de Barbarians y jugamos con y contra americanas, australianas, inglesas, francesas, galesas, neo zeolandesas….Jugadoras de rugby de todo el mundo que estábamos en esa misma ciudad por la misma razón.

Tras 25 días juntas me separé de mi súper compañera de viaje Jor MP, sin móvil porque lo rompí y quedándome tirada durante más de 5 horas en el puerto de Belfast porque perdí un ferry que me llevaría a otra nación del Reino poco Unido: Escocia.

10 días descubriendo la República de Irlanda

Día 23 de la vuelta al mundo. 20 de agosto de 2017, Adiós Dublín, Hola a Belfast (Irlanda del Norte).

Después de 10 días en la Isla Esmeralda (por sus campos, no sus aguas), el país de la Guinness que dicen que alimenta, de los tréboles de cuatro hojas que no he visto, los Leprechaun que me pregunto si existen, de un San Patricio nacido en Escocia y de ver rugby de todos los colores, viajamos rumbo a Irlanda del Norte, donde seguiré mi labor de voluntaria en este Mundial de Rugby Femenino.

Diferente país, pero misma isla, la cual presume de ser la tercera isla más grande en Europa y la vigésima más grande del mundo.

Hasta entonces nos quedaremos con la banda sonora de las calles de Irlanda compuesta por música celta allí donde te muevas, que te hace recordar lo mucho que hace falta en España a diario. Un país que supone una ruina para nuestros bolsillos por culpa de la multitud de pubs irlandeses y las cientos de cervezas que deseamos degustar y que intentamos compensar durmiendo en sofás ajenos gracias a Couchsurfing o en la tienda de campaña de Jor MP que plantamos en parques o campings.

 

Estar en Irlanda nos hace olvidar que estamos en verano. Resulta casi imposible no llevar una chaqueta, así que mis vestiditos resultan un tanto inútiles en mi mochila. No obstante, si no fuera por este clima lluvioso y frío no podríamos haber disfrutado de los imponentes acantilados de Moher, de los jardines del castillo de Kilkenny, de las montañas de Wicklow, del lago de Blessington, de la bella bahía en Galway, ciudad con una gran influencia española por sus transacciones comerciales en el siglo XVI o de un paisaje que respira paz y libertad de camino a Cork, la segunda ciudad más poblada del país, que en mi opinión carece de encanto al lado de la coqueta Dublín. Llegar a los citados lugares lleva aparejado tensión y concentración en la conducción dado que yendo por la izquierda da la sensación de un inminente choque a cada rato, pero… ¡superamos la prueba! 

Y como toda capital..hay algo más o mejor del mundo. Dublín presume de la escultura más alta del mundo, The Spire o monumento de La Luz con 120 metros de altura y su majestuoso Phoenix Park, uno de los parques urbanos más grandes de Europa donde tuvimos el placer de conocer a Bambi. Y cómo no… si lo tocas, ¡vuelves! En este caso, el pecho de la estatua Molly Malone, una bella pescadora que junto con su carro pregonaba: ¡Berberechos y mejillones vivitos!

Pero Dublín tiene mucho más, es una imán para las grandes empresas internaciones como Airbnb, Facebook, Apple, Google… que cuentan con impuesto de sociedades de 12,5 % como tasa estándar y cuyos ejecutivos se transforman en los bares de Temple Bar, el alma de la ciudad donde a mediados del siglo VIII, construyeron su primer asentamiento los vikingos.

Ahora toca empaparnos de la lluvia e historia del Reino Unido donde seguiremos descubriendo paisajes insólitos, nos adentraremos en la historia y construcción del barco más famoso de mundo, intentaremos comprender el conflicto de Irlanda del norte entre unionistas y republicanos irlandeses y viviremos los últimos partidos de este imprevisible mundial de rugby femenino. ¿Quién ganará?

¡Animando a las Leonas!

Día 16 de la vuelta al mundo. 15 de agosto de 2017. 

Una dura derreto para nuestras selección española que cae 43 a 0 ante unos Estados Unidos que sorprenden a la grada. Una progresión no esperada por muchos equipos ni por las Leonas que no lograron encaminar el partido.

¡Entre partido y partido descubrimos el país de los tréboles!

¡Inicio de la Copa Mundial en Irlanda!

Día 12 de la vuelta al mundo. Dublín, 9 de agosto de 2017.  

Pitido inicial en una intensa y emocionante Copa del mundo de rugby femenino en la que participo en la organización como voluntaria. Seré la encargada de recibir a los equipos y llevarlos al vestuario, el campo de calentamiento y el túnel hacia el terreno de juego.

La capital Europea, Bruselas

Día 9 de la vuelta al mundo. Bruselas, 5 de agosto de 2017. 

Llegamos a la capital europea en otro bus que costó alcanzar debido a nuestra llegada tardía a su parada. El couchsurfer que nos acogía creyó que teníamos su mismo ritmo de paso, pero resultó que fue el doble de lo que él predijo. Sufrimos pero llegamos.

En la estación de Bruselas nos esperaba la pareja de cuento de Disney, Sara from Castelldefels y David from England/France/Belgium, que nos llevarían a casa de la loca de Mayana a pasar unos días.

 

¡Vivan las ostras de Arcachón!

Día 8 de la vuelta al mundo. Comiendo ostras en Arcachón (Francia). 

Viajamos a este lugar por unos amigos de mis padres que nos recibirían en este precioso municipio de la costa francesa. En ella podemos observar una conocida bahía, por ser el lugar de vacaciones del emperador. Se respira elegancia, majestuosidad y mucha clase.

Investigamos el lugar en bicicleta, respirando un poco del Mar Atlántico y decidiendo ser unas francesas más comiendo ostras, foie, langostinos acompañados de deliciosos vinos franceses. ¡Oh la laaaaaa! Pero también decidimos quedarlo subiendo a la duna más alta de Europa co 105 metros, la Dune de Pila.

Rumbo a Burdeos (Francia)

Día 6 de la vuelta al mundo. Autobús rumbo a Burdeos Francia). 

A mi lado ya no tengo a mi hermana. He cambiado de compañía. Tengo a una muy buena persona a mi lado derecho, jugadora de rugby, una apasionada de los caballos y de la vida. Nos esperan unas 9 horas en bus para llegar a Burdeos, en la que será nuestra primera parada antes de llegar a nuestro destino final: el Mundial de Rugby en Irlanda.

Primera parada: Travesía hasta Menorca

Día 2 de la vuelta al mundo, 30 de julio de 2017. 

Alrededor de las 16 horas fue el momento de decir adiós, un velero en Port Ginesta nos esperaba para compartir con él y su capitán Pablo una travesía de aproximadamente 20 horas.

  Fueron días de paz, lectura, risas gracias en la mayor parte a un tripulante, amigo de mi hermana, llamado Capilla. Por fin le puse cara a la famosa isla de Menorca, considera por muchos como la mejor de todas.

 

 

¡Despedida en el Chiringuito Ibiza!

Día 1 de la vuelta al mundo, 29 de agosto de 2017.

Nunca olvidaré ese día con un Castelldefels con un sol abrasador. Apenas sin dormir me desperté con Mercè y nos pusimos hacer empanadas para los invitados a mi despedida y 28 cumpleaños que lo celebraba 5 meses antes, pero al menos no bajo el frío invierno.

El día que escribo estas líneas es mi cumpleaños de verdad y recuerdo que ya soplé la velas, que ya lo festejé, pero que lo voy a volver a hacer en unas horas…