Calafate & Bariloche ¡Adiós Argentina!

Día 95 de la vuelta al mundo. El Calafate, 3 de noviembre de 2017.

Al escribir las siguientes líneas tengo que retroceder al pasado unas semanas o tal vez algún mes. No lo sé. Tampoco sé qué día es hoy y mis semanas ya no tienen días sino momentos como “cuando estuve en Argentina de la mano de mi padre y mi hermana”; “cuando viví en un velero”; “el día que me maravillé con el Perito Moreno”.

Fue hace una eternidad o eso me parece cuando tuve el privilegio de caminar por el primer glaciar que he visto en mi vida y celebrarlo con un chín-chín de whisky sobre los grampones. Seguramente uno de los mejores espectáculos que le he podido regalar a mis ojos.

Y es que viajar es como estar soñando. Y recuerdo perfectamente el sueño de ese día indefinido en el que viajé a El Calafate, una ciudad que vive única y exclusivamente de este trozo de hielo en movimiento, he aquí la definición de glaciar que le debe su nombre a un perito, explorador, político, geógrafo llamado Francisco Pascacio Moreno, pieza fundamental para delimitar las fronteras entre Argentina y Chile.

Tras más de 100 años de controversia en la que Chile solicitaba que el territorio limítrofe fueran las aguas divisorias, Argentina insistía a través del Sr. Moreno que debía ser la cordillera de los Andes la que marcara los límites con Chile. Un problema de fronteras que a día de hoy generan problemas en todo el mundo.

Lo observé en Argentina, lo vivo ahora en Chile y desde la distancia en mi país, y que está en boca de todo el mundo. Es curiosa la interpretación de la controversia sobre Cataluña que existen en los medios y ciudadanos del otro lado del charco y que considero muy lejos de la realidad. Pero eso es otro tema. Volvamos a Argentina, donde finalmente, en el año 1901 un arbitraje inglés le dio la razón a Argentina.

Azul intenso por el reflejo del cielo, blanco impoluto y muchas personas queriendo un primer plano es lo que te encontrarás en las pasarelas desde donde también se observan peleas entre turistas en busca de la mejor foto. Creo que la mayoría de esas personas vieron más el hielo por el objetivo de la cámara que a través de sus ojos. En mi caso no necesitaba tantas fotos, pero sí escuchar las impresiones de la gente, para saber cómo estaban viviendo ese momento único en la vida.

Una parejita de Sant Just Desvern fueron uno de los tantos con los que compartí esas cuatro horas. Y todos coincidíamos en lo surrealista, impactante y otros tantos adjetivos que finalizaban con un “Ya está, ya lo hemos visto”. Resultó difícil decirle adiós porque querías escuchar un estruendo más, otro crujido imposible de olvidar en la vida. Y otro “wow” salía de tu boca cada vez que lo mirabas una última vez.

Mirando con perspectiva los lugares turísticos que no son por norma siempre los mejores, son desorbitados los precios que cobra Latinoamérica para poder presenciar los maravillas de la naturaleza. Creo que se convierte en necesidad cuando los productos básicos son más caros que en España, cosa que los sueldos no.

¿Cómo sobreviven? ¿Cómo pueden progresar? Siempre tan inestables económicamente y con un historial de crisis casi cada 10 años. Tendrán toda la labia que creamos, serán “ventajeros” como los suelen calificar, se marchan de su país con una mano adelante y otra detrás, pero son supervivientes, ¿qué otra opción les queda? Y pensar que nosotros nos quejamos, no digo que sin razón en algunas ocasiones, pero al lado de ellos…

De todos modos, me alegra saber que miles de personas pueden vivir del glaciar que espero no se derrita jamás ya que el 99% de la ciudad donde me alojé durante cuatro días con un profesor de la ciudad viven de él. Y viajando así, gracias a la muy útil web de couchsurfing tu viaje se transforma al vivir como una más, sintiendo la rutina de los que viven allí aunque la tuya sea inexistente.

Me fui de esa ciudad turística para conocer El Chaltén, la capital del trekking argentino. Un pueblito a 200 km.que merece la pena visitar para perderse entre sus caminatas de 3 o 6 horas y apreciar de cerca al cerro Fitz Roy y las lagunas que aparecen por el camino. Si caminas lo suficiente, puedes merecerte un cordero patagónico en un restaurante de unos catalanes llamado La Senyera.

Mis días en Argentina estaban casi contados pero otro avión me llevó a San Carlos de Bariloche, una perla de la Patagonia donde viven mis tíos. Me dediqué a compartir muchos momentos familiares, jugar a rugby, hacer crossfit, encontrar fotos nuestras de pequeñas y ponerme al día en muchos asuntos, entre ellos la comida. Dos meses en Buenos Aires me hicieron tocar fondo con la comida y con la báscula, que llegó a marcar 82 kilos. Ay ay ayyyyy. ¡Adiós asados, patatas, chocolates y caramelos! ¡Adiós Argentina!

Me despedí de mis tíos con un llanto desconsolado desde un autobús que me llevaría a Chile. No sabía que en unas horas me quedaría pegada al cristal admirando el cruce por los andes. ¡Otro wow! Sentía alegría y penita a la vez, reía y lloraba como el día que descubrí que Papá Noel no existía en el andén de la estación de Castelldefels. Pena por despedirme de mis tíos, de edad avanzada, tan tiernos y sin saber cuando los volvería a ver. Alegría de haber disfrutado durante dos meses de este país lleno de emociones, aventuras y seres queridos, comprobando que no había cambiado desde que me marché hace 7 años, pero que tal vez la que había cambiado era yo.

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